LA EPIGENÉTICA
LA MENTE SUBCONSCIENTE Y EL PODER DE NUESTRAS CREENCIAS

Epigenética, por encima de los genes
La epigenética, también epigenoma es el estudio de los mecanismos que regulan la expresión de los genes sin una modificación en la secuencia del ADN que los compone. Establece la relación entre las influencias genéticas y ambientales que determinan un fenotipo. Pero más allá de esta definición, ¿qué nos puede enseñar o aportar esta novedosa disciplina científica?
Llegados a este punto, resulta interesante ponernos en contexto acerca de los conceptos básicos que en esta era moderna se entienden por la mente. Para ello deberíamos remontarnos al siglo XVII, donde el filósofo y físico francés René Descartes, inició el camino actual de la comprensión de la mente desechando la idea de que esta tuviese algún tipo de efecto sobre el carácter físico del cuerpo. El pensamiento que este personaje famoso tenía a este respecto estaba más orientado a que el cuerpo estaba constituido de materia y a que la mente estaba constituida por una sustancia desconocida, aunque evidentemente inmaterial. Décadas más tarde, el filósofo británico Gilbert Ryle, se refirió a la mente no física de Descartes como “el fantasma en la máquina”.
Es ya desde esos albores del pensamiento académico, cuando la mente fue encajonada en una esquina dentro de la biomedicina tradicional, cuya ciencia basada en el universo material newtoniano, se acogió desde el inicio a la separación entre mente y cuerpo. Y es que no cabe duda, que desde un punto de vista médico, resulta mucho más sencillo (además de lucrativo) curar un cuerpo mecánico sin necesidad de tratar con su misterioso “fantasma”.
Por suerte, como vimos en estos dos últimos capítulos, la realidad es muy distinta a los pensamientos encorsetados de siglos pasados. El universo cuántico vuelve a unir lo que en su día René Descartes y el pensamiento newtoniano habían separado. En la actualidad es un hecho fuera de toda duda, que nuestra denostada mente inmaterial puede afectar y en gran medida, a nuestro majestuoso cuerpo físico. Son nuestros pensamientos, como exponente de esa forma de energía que parte de nuestra mente y conciencia, los que de manera directa influyen en el control que el cerebro físico ejerce sobre nuestra fisiología corporal.
Pero la pregunta que muchos nos hacemos es la siguiente. ¿Basta con tener pensamientos positivos para mantener el control por sobre nuestro cuerpo y nuestra vida? Según muchos gurús de la llamada Nueva Era, así como algunos famosos libros de autoayuda, la respuesta sería que sí. Sin embargo, lo que la epigenética y mis estudios profundos acerca del tema nos están señalando, es que aunque nos gustaría que así fuese, esta aseveración dista mucho de ser cierta. Y no me malinterpretes, pues estoy completamente de acuerdo de la importancia para nuestra salud y bienestar de los pensamientos vitales y positivos, pero, esta actitud por sí misma, no tiene por qué provocar un cambio en nuestras vidas.
El problema del planteamiento y “gran pero” de los defensores a ultranza del pensamiento positivo, es que desconocen la trascendental división que se produce en el interior de nuestra mente. Y es que como habrás escuchado anteriormente, nuestra extraordinaria mente se divide en dos partes, mente consciente y mente subconsciente. Y a este dato tan conocido no se le está prestando la atención necesaria en el mejor de los casos, y en el peor, simplemente pasan por encima obviando las posibles repercusiones e implicaciones que esta separación pueda ocasionar en nuestro día a día.
Para arrojar un poco de luz sobre este punto, aclararemos que la mente consciente es la considerada mente creativa, la que ostenta la capacidad del pensamiento positivo. Por el contrario, la mente subconsciente es estrictamente maquinal y repite las mismas respuestas a las señales vitales una y otra vez. Y esta cualidad puede ser tremendamente positiva, o una gran desgracia, en función del tipo de información que almacenas en esas profundidades de tu consciencia.
De esta información que anida en nuestro subconsciente afloran infinidad de reacciones, comportamientos y decisiones, que en cuestión de décimas de segundo, se apoderan de nosotros sin que podamos hacer nada al respecto. Un ejemplo de ello son las situaciones a las que coloquialmente nos referimos como “cruzar los cables”. Estas explosiones de cólera automáticas no son más que una sencilla reacción estímulo-respuesta del programa de comportamiento que almacenamos en nuestra mente subconsciente. Si a lo largo de nuestra infancia no paramos de escuchar una y otra vez todo tipo de afirmaciones limitantes con respecto a nuestra persona, tales como que no sirves para nada, que no te lo mereces, que no eres capaz, que tienes que pasar por encima del resto, que siempre estás enfermo… lo que ocurre finalmente, es que esos mensajes se graban a fuego en nuestra mente subconsciente.
Esto se debe a que en los primeros años de nuestras vidas, hasta más o menos los seis o siete años, nuestra mente vibra constantemente en las frecuencias delta y theta, las cuales se relacionan directamente con la mente subconsciente. Estas frecuencias cerebrales oscilan entras las frecuencias de 0,5 a 4 Hz, y de los 4 a los 8 Hz respectivamente. ¿Y qué tiene esto de importante? Pues básicamente que cuando el cerebro opera en estos estados de frecuencias tan bajos nos convierte en más sugestionables.
Carentes del razonamiento y la lógica que nos confieren los estados de frecuencias más elevados como alfa o beta, lo que sucede cuando somos niños es que lo absorbemos todo como verdades absolutas ya que nos encontramos como en una especie de estado hipnótico. Es por ello que los hipnoterapeutas siempre buscan reducir la actividad cerebral de sus pacientes hasta las ondas delta y theta. Finalmente lo que sucede, es que grabamos “en piedra” e introducimos programas en el subconsciente, que en el peor de los casos, socavarán nuestros esfuerzos conscientes por cambiar nuestra vida.
Las investigaciones más recientes, señalan además, que la capacidad de procesamiento de información de la mente subconsciente, en la que vibramos cuando somos niños, es millones de veces más poderosa que la mente consciente. Para ser exactos, a partir de los 12 años en los que el ser humano alcanza la frecuencia de las ondas beta, que se caracterizan por la conciencia activa o concentrada, somos capaces de procesar unos cuarenta bits de información por segundo. Sin embargo, un niño que pasa las 24 horas del día en las ondas de baja frecuencia como delta y theta, llega a procesar la friolera de cuarenta millones de bits de procesamiento de información por segundo15.
Otros resultados a tener en cuenta fueron los observados en cuanto a la dominancia de una y otra mente. Según ha demostrado recientemente la neurociencia, la mente consciente está al mando únicamente durante el 5% del tiempo, resultando en que los condicionantes adquiridos por nuestra mente subconsciente controlan y dan forma a las experiencias vitales de nuestras vidas alrededor del 95% del tiempo que pasamos en este mundo16.
Estos datos que fueron revelados gracias a múltiples investigaciones con los modernos electroencefalogramas, les confieren a los niños unas capacidades adaptativas y de aprendizaje inconmensurables. Esta increíble cantidad de información que son capaces de procesar resulta en una brillante adaptación neurológica. Y el objetivo de esta parece estar bastante claro y no es otro que el de aprender lo más rápidamente posible para así poder ser independiente de sus progenitores y adquirir un mayor número de capacidades que le permitan sobrevivir y prosperar en su entorno.
Es por ello que los niños pequeños observan con detenimiento todo lo que acontece en su entorno, almacenando en su memoria subconsciente los conocimientos que les brindan sus padres, familiares, profesores y demás elementos. Lo que resulta obvio, es que es de los padres, de los que más cantidad de información adquieren, dando como resultado, que son los comportamientos, actitudes y creencias de sus padres los que con mayor firmeza se grabarán en las rutas sinápticas de su mente subconsciente.
Y sobre estas últimas, las creencias, es sobre las que nos centraremos en mayor medida a continuación y ahora entenderán el porqué. Por lo que sabemos en la actualidad, los programas subconscientes funcionan sin la necesidad de observación o control por parte de la mente consciente. Y esto no es todo, ya que como vimos anteriormente con respecto a la dominancia de la mente subconsciente, esto nos muestra una verdad incontestable y grandilocuente. Que es la mente subconsciente la que controla y tiene el poder por sobre nuestras vidas y es la encargada de tomar nuestras decisiones de aquí al fin de nuestros días.
Como dice el biólogo Bruce Lipton, “nuestras vidas son esencialmente una copia impresa de nuestro subconsciente, comportamientos que fueron adquiridos fundamentalmente de los demás (nuestros padres, familia y entorno), antes de cumplir la edad de seis años”. Y ahora las preguntas claves son, ¿en qué forma o de qué manera se copian o graban esos comportamientos y programas en nuestra mente subconsciente? Por medio de creencias.
Es importante que la simpleza de esta respuesta no esconda las dimensiones de tan mágica sabiduría. Y verás por qué. Resulta que si usamos un símil como el de comparar nuestra mente subconsciente con la del sistema operativo de un superordenador, la parte crucial que ocuparía en este esquema las creencias es la que vienen a desempeñar los diferentes programas que se ejecutan a cada instante en la computadora. De igual manera que para proceder a ejecutar un texto en Windows necesitamos el programa de procesador de textos Word, en el día a día de nuestras vidas y para ejecutar los millones de respuestas y decisiones que tomamos a cada instante, necesitamos hacer uso de los programas-creencias que se han instalado en nuestro “sistema operativo” de la mente subconsciente.
En muchos sentidos, la mente subconsciente de nuestra consciencia puede compararse al software que hace funcionar un ordenador. En ambos casos, las instrucciones deben usar un lenguaje que el sistema pueda entender. Para el ordenador, el lenguaje constará de un código numérico de ceros y unos, mientras que para nuestra conciencia y la mente subconsciente de la que está formada, el lenguaje usado será el de las emociones y sentimientos los cuales dependen directamente de nuestras creencias.
Es por ello que de la misma forma que los bits y los bytes de los diferentes programas se almacenan en el disco duro del ordenador, las creencias resultantes de las experiencias de nuestra vida, fundamentalmente durante nuestros primeros años, se almacenarán en nuestra memoria subconsciente como verdades absolutas, ejecutando la mayor parte de nuestras decisiones, comportamientos, sentimientos y emociones, acorde a la información que tenemos programada en nuestras creencias.
Al hacernos mayores nos volvemos menos susceptibles a la programación debido a la creciente aparición de ondas de alta frecuencia y al desarrollo y uso del neocórtex del cerebro. De los 7 a los 12 años nos mantendremos mayormente en las frecuencias alfa (8-12 Hz) y a partir de los 12 años en adelante nos mantendremos en frecuencias beta. Estaremos igualmente dominados en un 95% por la mente subconsciente, pero no se podrá «reescribir” de manera sencilla en nuestro subconsciente con nuevas o modificadas creencias.
Para que esto suceda y no siendo por medio de técnicas de psicología energética, solo se reescribirá por medio de eventos únicos de gran intensidad emocional que darían lugar a la entrada de esa energía en forma de información, quedando registrada en nuestra mente subconsciente. Estas situaciones son las que todos hemos oído hablar acerca de experiencias de la vida que cambian radicalmente la forma de ser, comportamiento o actitudes de las personas como pueden ser la pérdida de familiares, accidentes traumáticos o introduciendo energía/información positiva como el ver el nacimiento de tu hijo o las famosas experiencias cercanas a la muerte.
Sea como fuere, nuestras respuestas a los estímulos del ambiente siempre serán controladas por nuestras creencias, las cuales estarán formadas por conceptos o ideas que podrían ser verdaderas o falsas. Y es que una vez aceptamos e integramos las ideas erróneas de otros como verdaderas, dichas ideas se grabarán en nuestra mente subconsciente como “nuestras verdades”, moldeando y dando forma a las poderosas creencias que nos acompañarán durante el resto de nuestra vida.
Una forma esclarecedora de explicar este funcionamiento de la mente es el de comparar nuestras creencias con las lentes de unas gafas. Una correcta graduación óptica de las lentes permitirá que seamos capaces de ver nítidamente con las mismas. Sin embargo, de no ser graduadas acorde a nuestras respectivas dioptrías, no seremos capaces de usarlas y las rechazaremos después de unos pocos segundos. Con nuestras creencias sucede lo mismo. Nosotros vemos el mundo a través de nuestras creencias. Lo observado a nuestro al rededor por medio de nuestras lentes/creencias, determinará una cascada de decisiones, impresiones, comportamientos, actitudes, sentimientos y emociones específicos para ese tipo concreto de lentes/creencias. Si nuestro entorno nos muestra una información verdadera y clara acerca de un hecho que se contrapone a nuestras creencias, nuestra relación será la de descartarla y rechazarla como falsa en apenas décimas de segundo. Una de las funciones de la mente es la de crear coherencia entre nuestras creencias y la realidad que experimentamos.
Nuestro mundo, así como nuestra biología, se adaptan a nuestras creencias. Solo cuando cambiamos nuestras creencias, somos capaces de observar otras informaciones de nuestro entorno y producir auténticos cambios en nuestra vida. Al respecto de esta casi mágica trascendencia que alcanzan nuestras creencias, se refirió magistralmente el gran Mahatma Gandhi, cuando sentenció con sabias palabras lo siguiente: “Tus creencias se convierten en tus pensamientos, tus pensamientos se convierten en tus palabras, tus palabras se convierten en tus actos, tus actos se convierten en tus hábitos, tus hábitos se convierten en tus valores, tus valores se convierten en tu destino”.
Pero, ¿realmente tienen tanta repercusión como para alterar nuestras vidas y nuestro destino? Las investigaciones dentro de la epigenética conductual nos señalan claramente cómo las percepciones mentales del mundo, que son fruto de nuestras creencias, tienen la capacidad de afectar a nuestras células cerebrales por medio de secretar neuroquímicos que regulan la actividad genética y conductual de las mismas.
Así mismo, los neurocientíficos descubrieron en la década de los noventa, la existencia de células madre en el cerebro de una persona adulta y cómo, por medio de ellas y la forma con la que interactuamos con nuestro entorno, se producía el proceso de neurogénesis17, que es la formación de nuevas neuronas en el cerebro. Queda claro que, cuando cambiamos nuestras creencias, cambiamos nuestra forma de percibir el mundo y esto lleva a un cambio en la composición neuroquímica de nuestro cuerpo. Pero, ¿tienen nuestras creencias y por lo tanto nosotros un poder que trascienda más allá de nuestro cuerpo?
Como recordaremos del capítulo anterior, la ciencia de la física cuántica responde a esta pregunta con un claro y contundente sí. Ahora veamos cómo la ciencia de la epigenética llega a esa misma conclusión haciendo uso de otra perspectiva. Cuando Albert Einstein mostró al mundo su famosa fórmula de E=mc2, que significa que la energía (E) es igual a la masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado, nos estaba revelando que todo en este universo, incluso la materia (masa), es pura energía.
Según esto, el universo es la integración de un conjunto único e indivisible de campos de energía y materia que están tan estrechamente relacionados que resulta imposible considerarlos como elementos independientes. La energía son ondas invisibles de cargas positivas y negativas que se mueven a través del espacio. Un átomo, que es la estructura básica de la materia, finalmente no es otra cosa que un generador de ondas eléctricas. Es por ello que todas las cosas hechas de energía están, en último lugar, interconectadas por una energía que no tiene fronteras.
No obstante, la visión reduccionista del universo newtoniano sigue sin reconocer esa enorme complejidad en cuanto a las interacciones existentes entre las partes físicas y los campos de energía que lo conforman todo. Acercándonos a ese punto de vista más mecanicista, podemos argumentar que la energía como tal, se puede percibir de dos maneras diferentes. Como fuerza (el sol sobre nuestra piel o el movimiento de un coche) y como información (emisiones de radio, televisión…etc.). Al igual que los campos de energía de un TAC o una resonancia magnética se trasladan sin problemas a lo largo y ancho de nuestro cuerpo físico, las ondas de información de radio y televisión se desplazan como energía invisible a través del espacio.
De igual manera, nuestros pensamientos también son una expresión de energía en formato de información que se extienden por el espacio en forma de ondas. La epigenética demuestra que nuestro cerebro funciona como un diapasón. El cerebro transmite nuestros pensamientos al espacio al igual que un diapasón transmite las ondas sonoras hacia su entorno. Nuestros pensamientos no están contenidos en el interior de nuestra cabeza sino que se desplazan alrededor del campo como frecuencias vibratorias. ¿Y qué sucede cuando eso ocurre? Pues sucede exactamente lo mismo que con las demás ondas del tipo que sean. Que se comportan de dos maneras atendiendo al fenómeno denominado interferencia constructiva o resonancia armónica, o por el contrario, desarrollando lo que se llama interferencia destructiva.
Pongamos un ejemplo: Imagínate por un momento que arrojamos a un estanque dos piedras del mismo tamaño y al mismo tiempo. Estas producirán unas ondulaciones cuyas curvaturas serán idénticas y cuando converjan se sumarán la una con la otra, amplificando por dos la fuerza combinada de ambas ondas. Pero, ¿qué sucede si las piedras son de diferente tamaño o no se arrojan al mismo tiempo? En este caso, cuando una onda suba, la otra estará bajando, por lo cual, cuando lleguen al punto de convergencia estas ondas de energía se anularán la una a la otra. El resultado final es que a diferencia que en el anterior caso, en el cual las ondas se habían multiplicado por dos, en esta ocasión, cuando las ondas interactúen se anularán la una a la otra y el agua se quedará plana y en calma.
Extrapolando este ejemplo al funcionamiento de nuestras creencias y los pensamientos, sentimientos y emociones que de estas se desprenden, veremos cómo somos capaces de afectar, alterar, repeler o atraer la energía (en todas sus formas y expresiones) que nos rodea. Podríamos definir al ser humano como una especie de emisor receptor de energía electromagnética en forma de onda de información. Como un dispositivo satelital o una estación meteorológica que constantemente está emitiendo y recibiendo información.
En definitiva, en cada instante de nuestras vidas emitimos información en forma de ondas de energía por medio de nuestras creencias.
Simultáneamente, desde nuestro entorno o matriz cuántica, recibimos igualmente ondas de información que procesamos, tanto consciente como inconscientemente, por medio de nuestra mente/conciencia.
Una vez comprendido lo anterior, el funcionamiento básico de nuestras creencias es el siguiente. Al igual que sucedía con las ondas de agua idénticas del estanque, la mente subconsciente, por medio de nuestras creencias, interactúa con otras ondas de energía de igual frecuencia, produciendo lo que se suele llamar “resonancia simpática”. Esto viene a decir que, como mencionamos anteriormente, nuestra poderosa mente subconsciente busca crear coherencia entre las experiencias de nuestro entorno y nuestras creencias, alejándose por consiguiente, de todo aquello que no vibra en la misma resonancia. O lo que es lo mismo, las vibraciones del pensamiento de un individuo solo se amplificarán y magnetizarán con situaciones que estén en armonía con ese pensamiento y sus respectivas creencias.
Esto da como resultado que nuestras creencias nos conducen, nos llevan y nos atraen hacia circunstancias, situaciones y personas que están en consonancia con la información que almacenamos en las creencias de nuestra mente subconsciente. De esta forma, nuestras creencias más profundas no solo se convierten en el patrón que va a dar forma a todas nuestras experiencias, sino que también son la emanación de ondas energéticas de información que atraen aquello mismo que irradiamos al mundo.
Esto coincide profundamente con las enseñanzas más antiguas de múltiples maestros espirituales como Zarathustra, Lao Tse, Gautama Budha o el mismísimo Jesús de Nazaret que nos decían que nuestras experiencias de la vida eran como espejos, reflejando y revelando en nuestra realidad cotidiana las dimensiones más profundas de nuestros yoes escondidos. Lo que en la actualidad llamamos creencias.
Es por ello que en todas las grandes enseñanzas de la antigüedad se afirmaba que todo se reducía a cómo nos vemos a nosotros mismos en este campo de infinitas posibilidades. Más recientemente, Gandhi empujaba a sus adeptos diciéndoles: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”. Simple pero cierto a juzgar por los estudios que se desprenden de la física cuántica y la epigenética.
Lo que cada vez tenemos más claro es que vivimos en un universo en que todo está vivo, interconectado a una matriz cuántica y sucediendo en un continuo ahora. Y lo que estamos descubriendo o incluso recordando (según se mire), es que el lenguaje con el que nos comunicamos con esta matriz que lo rodea todo es el lenguaje de las emociones y los sentimientos.
Unas emociones y sentimientos poderosos que nos convierten en creadores y arquitectos de nuestras vidas. Donde nuestras creencias tienen más poder que la realidad que nos rodea y nuestras experiencias subjetivas son más determinantes que la situación objetiva. De ahí que sea la mente subconsciente que actúa como nuestro piloto automático (con sus respectivos programas/creencias que tenemos ahí instalados y descargados de otras personas) la que dirige nuestra vida hacia un destino que, pudiera estar o no, en consonancia con nuestros anhelos y deseos.
Comprender con exactitud el funcionamiento de nuestras creencias y por qué son tan poderosas nos dará un increíble conocimiento y comprensión del mundo que observamos. Nos ofrece una vía para el empoderamiento personal, para lograr alcanzar nuestros objetivos y para cambiar aquello que no queremos tener en nuestras vidas. Si bien es cierto que, una vez la información se almacena en nuestro subconsciente, controla nuestra biología y otros parámetros externos por el resto de nuestra vida, también sabemos que existen algunos métodos que podrían reprogramar nuestras creencias de manera consciente.
Las herramientas que antiguamente se usaban con mayor o menor éxito son la hipnosis, la habituación o repetición de comportamientos, frases positivas o mantras y la terapia cognitiva conductual. Aunque el verdadero cambio llegó de la mano de las nuevas terapias de psicología energética que empezaron a surgir a partir de los años ochenta. En los últimos capítulos del libro se incluirá la metodología de varias de estas técnicas, así como una terapia específica para la reprogramación de creencias limitantes del subconsciente y su cambio, en cuestión de pocos minutos, por nuevas creencias empoderadoras.
Los modernos experimentos y las enseñanzas de los antiguos nos dicen que la creación de la realidad es algo más que lo que hacemos… es lo que somos. Una afirmación muy sencilla pero cargada de una sabiduría colosal es la famosa cita que dice: lo que tú crees, es lo que creas. El investigador y escritor Gregg Braden, lo define también con gran belleza al decir que “somos los arquitectos de nuestro mundo y de nuestro destino, artistas cósmicos que expresamos nuestras creencias interiores en el lienzo del universo”.
Esto nos lleva, una vez más, a la conclusión de que somos a la vez la obra de arte y el artista. Somos la “semilla del milagro” así como el milagro mismo. Somos seres poderosos en un universo de infinitas posibilidades en donde lo único que nos limita son nuestras creencias. Todos tenemos el poder para crear en el mundo aquello que imaginamos y proyectamos con nuestras creencias, pensamientos, emociones y sentimientos. Ahora solo tenemos que recordarlo. Rememorar lo que en lo más profundo de nuestra memoria sabemos.
Recordar que somos auténticos dioses creadores y poseemos, de manera natural y sencilla, poderes mágicos y milagrosos para transformar nuestras vidas.